sábado, 14 de enero de 2012

Un pequeño cuento de Luis María Pescetti


Déme otro
Al finalizar el horario de clases llega una madre a buscar a su hijo. La intercepta la maestra, que trae al niño de una mano.
—Señora, hoy Fernando se portó fatal.
—¿¡Otra vez!?
—Pero fatal, fatal… no hace caso, contesta, se burla de los compañeros…
—Pues, entonces, déme otro.
—¿¡Cómo que "otro"!? ¿Otro niño?
—Sí, porque tampoco sé qué hacer.
—Pero, es que no puede ser.
—Con su padre ya le dijimos (mirando al niño), pero si él no quiere hacer caso… Qué, ¿no hay más niños?
—Es que no se trata de eso, la escuela está llena de niños…
—Pues cámbiemelo y listo.
—(Dubitativa). No, pero…
—Casi mejor pruebo con una niña, estoy pensando.
—Es que se me desordena todo, señora, luego vendrá la madre de la niña…
—Pero yo llegué primero.
—Sí, ya sé, pero luego se quejan, no se crea. Y además (señala con la cabeza al niño) es pasarle el problema a otra familia.
—No, porque así aprende, para la próxima lo va a pensar.
—¿Y si no lo quiere nadie?
—¿¡Pero qué dice!? ¿Cómo no lo van a querer si es un niño precioso?
—Precioso sí que es, pero se porta…
—Ah, ¿y qué pretende? ¿Que me lo lleve yo?
—No, si no digo eso.
—Hay que hacer algo, maestra, hay que poner límites, si no van de peor en peor.
—Bueno, ¿y cuál quiere?
—Una niña, ¿no le digo? (mira hacia el patio). Aquélla, la que está saltando.
—¡Elena! ¡Recoge tus cosas que te vas con la señora que será tu madre!
—¡Uf! (la niña con evidente fastidio), ¡estoy jugando!
—¡Ala! ¡Vamos! Sin protestar, mira qué primera impresión más fea le vas a dar a la señora.
La niña, resoplando contrariada por la interrupción del juego, va al salón.
—¿No será peor que éste, no? (la madre, preocupada).
—¡Qué va! Es un ángel, lo que ocurre es que estaba jugando; los niños son así.
Llega la niña con su mochila.
—¿Vamos a casa, Elenita?
—¿Y hay tele?
—(La maestra y la madre sueltan una risa). ¡Claro que hay tele! Y un perro muy hermoso, que a Fernando le gustaba mucho, ¿verdad, Fernando?
—… (el niño, con la mirada baja, asiente).
—¡Qué lindo! ¡Nunca tuve un perro porque mis papás no me dejaban!
—Pues vamos a casa, que ya tienes uno. Y tú, Fernando, pórtate bien con tu nueva familia y nos vienes a visitar cuando quieras, ¿sí?
El niño asintió otra vez, sin levantar la mirada. La madre saludó amablemente a la maestra. Ésta se despidió de Elena con un beso y dio vuelta hacia el patio, con Fernando de la mano.
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El escritor contemporáneo santafesino (nacido en 1958 en la localidad de San Jorge) Luis María PESCETTI nos trae, por vía del absurdo, la ironía y el humor, un pequeño cuento que refleja, a través del personaje de una madre ficticia, una actitud que a menudo, y en distintas áreas de nuestras vidas, acostumbramos adoptar.
Sobre hijos y padres/madres reales
En una primera perspectiva, este cuento nos muestra algunas facetas que en ocasiones desarrollamos cuando nos toca ser padres/madres.
Por un lado, junto a todo lo maravilloso que la experiencia conlleva, y que con sinceridad disfrutamos, nuestros hijos suelen ser percibidos como una fuente inagotable de “problemas”. Desde que, siendo bebés, nos hacen pasar noches en vela, pasando por las peleas entre hermanos, la elección de la escuela adecuada, su energía inagotable (que perdura mucho más allá del grado en el que nosotros ya nos sentimos exhaustos), cómo entretenerlos en épocas de vacaciones, cómo llenar su agenda en la época de actividades, el ingreso y desarrollo de la adolescencia, sus dificultades como adultos… en fin, que la paternidad/maternidad es un oficio para el cual, una vez comenzado, ya no existe jubilación posible.
Esos problemas pueden ser enfocados como oportunidades en la cuales poner nuestra atención e intención, y así constituir regalos que nos permiten crecer, o bien, más comúnmente, como piedras en el camino que si no nos aplastan, al menos nos agobian, y tratamos de eliminar de nuestras vidas con la mayor rapidez posible.
Cuando vemos a los problemas como “piedras”, por lo común nos distraemos en cuestiones tales como por qué aparecieron a nuestro paso, quién nos las tiró, y quién las quitará. Dicho de otra manera, nos des-enfocamos de nosotros mismos, y nos lanzamos a toda velocidad por un tobogán de reproches, acusaciones y exigencias, dirigidos hacia otros.
En lo fundamental, queremos que alguien se haga cargo del problema y nos lo resuelva. Como la mamá del cuento, que le pide el “cambio” a la maestra, pretendemos que “alguien” nos saque el problema de encima. Sin ir demasiado lejos, ¿cuánta responsabilidad transferimos cada día a los docentes de nuestros hijos?, ¿cuánta a quienes los cuidan en nuestra obligada ausencia por razones laborales?, ¿cuánta a los aparatos como la televisión, la PC o los videojuegos?, ¿cuánta a los médicos de quienes esperamos que solucionen químicamente la “hiperactividad” o el “déficit de atención” de los niños?
Por otro lado, así como transferimos responsabilidades en alguien que resuelva, también lo hacemos pretendiendo el cambio de nuestros hijos. O bien a través de la acción de ese alguien más que interviene sobre ellos (los docentes, los psicólogos, los químicos, etc.), o porque lo hagan de algún otro modo (creciendo, estabilizando sus hormonas, modificando sus amistades, etc.).  No asumimos ni que son en mucho nuestros frutos, ni que tienen una identidad propia: “ellos TIENEN que cambiar”.
Sobre otros hijos y padres
Pero, además de quienes son nuestros hijos, cada aspecto de nuestra vida, cada obra, cada acción que desarrollamos, en cuanto es nuestra manifestación, es también nuestra criatura.
Y, en este ámbito, a menudo actuamos igual que respecto a nuestros otros hijos. Lo cual no es llamativo, sino más bien coherente.
Concebimos a los resultados de nuestras acciones como obra de la influencia de alguien ajeno a nosotros, sin ver el nexo entre unos (resultados) y otras (acciones previas). No los vemos como oportunidades de elegir de algún modo que nos aporte crecimiento, sino como enemigos a los cuales derrotar (para lo cual solemos creer que es necesario “luchar”). Pretendemos que alguien (una persona, el destino, la vida) se encargue de ellos.
También, como la mamá del cuento, solemos apuntar nuestra esperanza al cambio de aquello que nos molesta. Y una de las formas en las que creemos que este cambio puede darse, es renunciando a la situación problemática. Por ejemplo, si tenemos una relación de pareja conflictiva, nos salimos de ella. Si tenemos una actividad laboral insatisfactoria, cambiamos a otra. Si estamos a disgusto con nuestra casa, nos mudamos.
Eso puede ser fantástico, o puede dejar todo igual que antes. Es que todo depende de si el cambio es expresión de una nueva forma de elegir a la que arribamos, o una huida de los problemas cuya causa solemos depositar afuera. Cambiarse de casa, de trabajo, de relación, puede implicar un crecimiento, o un escape que, más temprano que tarde, probablemente nos deposite a las puertas de la misma o similar escena reiterada. Y es que cuando cambiamos para “huir”, pasamos por alto que, en la huida, podemos dejarlo todo, pero nos llevamos con nosotros a nosotros mismos. Y ése no es un detalle menor.
Asumir la paternidad/maternidad
Tanto respecto a unos como a otros “hijos”, quizás no sea desatinado desplazar un poco el foco de nuestra atención, e incluirnos a nosotros mismos en la película que nos habituamos a mirar.
Cuando nos ponemos en ella, podemos darnos cuenta de que nuestro rol es el de padres/madres. No somos espectadores, ni ajenos, ni pares con respecto a nuestras “criaturas”. Hemos elegido manifestarlos (ya sea de manera consciente o, mucho más habitualmente, de modo inconsciente, y esto dicho casi literalmente), y por ello tenemos un papel que cumplir para que, a través de su desarrollo, vayan siendo niños, adolescentes y adultos, capaces de elegir de manera consciente y satisfactoria para su propia vida.
Asumir responsabilidad no pasa por cargarse de culpas ni exigencias, y mucho menos por repartirlas hacia otros. Implica hacerse cargo de las elecciones que vamos formulando de la mejor forma que podemos y sabemos, disculpándonos los errores, reparando lo reparable, ejercitando el amor y la atención consciente.
Puestos a ser padres/madres sin manuales de instrucciones infalibles, atravesamos procesos de aprendizajes en los que podemos ir creciendo o no, según los pasos que elijamos dar. Cuanta mayor atención consciente y amor seamos capaces de poner en nuestro cotidiano caminar, más y mejor sabremos respecto a nuestras posibilidades. Cuanto más sepamos acerca de nuestro potencial, más podremos ponerlo en acto, y menos limitaciones experimentaremos.
Cuantas menos limitaciones experimentemos en ser padres/madres responsables, es probable que ello también se refleje en las criaturas que demos a luz.

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6 comentarios:

  1. Hola,

    Me parece muy interesante tu blog y creo que es un buen enfoque para tratar el tema el crecimiento personal. Nosotros, modestamente, estamos haciendo un blog centrado en el crecimiento personal con un enfoque algo diferente, www.elblogdemarisamartin.blogspot.com
    Un saludo y continúa con tu gran trabajo,

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  2. http://construccionsocial.wordpress.com/2012/01/15/amor-diferentes-puntos-de-vista/
    Dale una checadita!!!

    Un Blog para el amor.

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  3. Marisa, Funnysoul, gracias por sus visitas y comentarios. Agradezco las invitaciones y he pasado a visitar sus respectivos blogs, ciertamente ambos poseen enfoques algo diferentes, lo cual es de celebrar, pues en la diversidad está el crecimiento. Les deseo lo mejor con ellos, y renuevo mi agradecimiento. Pablo

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  4. Una vez lei que hacer con un niño que se porta mal? Darle mas amor, ami me resulto, deje de enojarme con el para darle mas amor y se porto mejor en el colegio... Me hice cargo que el problema era yo.

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  5. eatan buenísimos los cuentos de Luis pescetti
    TE AMO TE AMO TE AMO



    LUISITTIO. JAJAJJAJAJAJA

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  6. gracias por compartir esta reflexión; y pensada también desde las practicas docentes podemos decir que todos los adultos somos responsables de la construcción subjetiva de los niños y las niñas. la/el docente del cuento no piensa en el niño, en sus emociones, en sus derechos, no se interesa por crear un vínculo afectivo. se pasan el problema!! y en el medio de todo eso hay un niño o una niña que no está siendo escuchada ni atendida. otra vez gracias por este espacio un saludo.

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