Nos habituamos a complicarnos la vida. Complicarnos la vida es generarnos trabas que nos impidan vivirla en plenitud. Buscamos problemas, los creamos donde no los hay, nos quejamos, acusamos, criticamos, juzgamos, sostenemos pensamientos limitantes, experimentamos emociones tóxicas, pronunciamos palabras terminantes, definitivas, no hacemos nada para movernos del lugar en el que estamos. Todo “es” muy complicado.
Lo paradójico es que, para complicarnos la vida, solemos recurrir a grandes simplificaciones. Explicamos nuestras vidas desde una posición de víctimas a las que “nos suceden” cosas. Somos hojas al viento, marionetas del destino, juguetes del azar. Repartimos culpas. A nosotros, a los otros, a Dios, a la genética, a los gobernantes. Algo, alguien, justifica por qué somos como somos, por qué nos pasa lo que nos pasa. “Juancito es un desgraciado”, “Olga me tiene una envidia bárbara”, “Pedro es un egoísta”, “Marcela me engañó”, “los dirigentes roban” y así podríamos seguir al infinito.
