sábado, 9 de abril de 2011

Un pequeño cuento de Abelardo Castillo


Conejo
Y cualquiera que escandalizare a uno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y
se le anegase en el profundo de la mar.
MATEO, XVIII: 6
No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un juguete, digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines, que un conejo de trapo al final es parecido a las muñecas, que son para las chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo del mundo, y mucho mejor que los patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados, redondos. Caras de bobas, eso es lo que tienen.
A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como cuando te enfermás y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para cuando uno se enferma y entonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteojos se cree muy vivo, y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, mírenlo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los grandes también pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tranquilo y les decís mirá lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.
Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, tomá, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos adentro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre.
Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un juguete como los caballos de madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la mañana sobre todo, que es cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en seguida te andan gritando patadura, anda al arco querés, y malas palabras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen juntos, y se reían. Por vos me lo dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos, por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro hacer caricias ahora, se piensan que uno es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo mismo, pero el Julio, la basura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que viniera a decir esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de regalo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que ella dijera tenés que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran solos. Andá a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuenta, como ahora, que si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para hablar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.
Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.
Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, porque yo te quiero lo mismo y te quiero porque sí, porque se me antoja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenés no es nada linda, no, y si quiero vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ganar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escupa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la barriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines y…
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Ser adultos cronológicamente no implica, de por sí, que nuestro manejo de las emociones haya superado la etapa de la niñez. Por el contrario, nuestra formación temprana, centrada en lo académico y en las obligaciones que se dan por supuestas que “debemos” satisfacer para conducirnos en el mundo, desconectados de nuestras emociones e ignorantes de nuestro espíritu, nos dejan en estado de raquitismo al respecto.
Este cuento es un cruel pero bellísimo e ilustrativo ejemplo de cómo acostumbramos movernos con relación a nuestras emociones en el día a día.
Para empezar, lo hacemos desde un ámbito de “comunicación” (o incomunicación, más bien) verbal que se contradice con lo que sentimos. Decimos que no nos sentimos tristes, enojados, sorprendidos, decepcionados, temerosos, incomprendidos, etc., cuando lo que sentimos es precisamente eso que negamos con las palabras. Tapamos el sol con un dedo. O lo pretendemos, porque es obvio que el sol sigue estando allí.
En ocasiones, no sólo decimos lo contrario a lo que sentimos, sino que esperamos que, el otro con quien nos relacionamos, descubra lo que en realidad sentimos… que adivine, ni más ni menos. Y cuando no lo hace, agregamos un nuevo sentimiento negativo al respecto, pues como mínimo nos experimentamos más incomprendidos que antes.
Es como si expresar nuestras auténticas emociones no estuviese bien, o fuese a hacernos más vulnerables cuando, en realidad, al manejarnos desde una “mentira” básica, que es pretender mostrar lo que no somos, acallar lo que sentimos, es que más débiles nos volvemos.
Interpretamos el mundo desde una cierta perspectiva, y cuando la percepción básica es que ese mundo es hostil, nos construimos una suerte de burbuja protectora que, más que protegernos, nos termina aislando. En nuestra burbuja, nos manejamos con presuposiciones desde las cuales creemos saber respecto a las auténticas intenciones de los demás, pero a menudo ellas no son más que preconceptos, ideas que construimos en el pasado y que empleamos como parámetro para seguir evaluando el presente. Así, esas presuposiciones suelen ser incorrectas, y en vez de simplificarnos la vida, contribuyen a generar más y más cortocircuitos a nuestro alrededor. Por ejemplo, cuando alguien empieza a hablarnos, y nosotros ya creemos saber lo que nos va a decir, dejamos de escuchar y nos desconectamos. A la inversa, pero por un camino que terminará conduciendo al mismo punto de llegada de desconexión, cuando presuponemos que el otro “tiene” que saber lo que sentimos, no lo expresamos y nos quedamos esperando que ese otro desentrañe lo que ocurre en nuestro interior.
Como ocurre con el conejo del cuento de Abelardo CASTILLO, casi todos nos construimos a alguien fuera de nosotros que sea nuestro incondicional. Que nos ayude, que nos escuche, que soporte nuestros pesares, nuestras amarguras, nuestros cambios de humor, nuestras decepciones, incluso nuestro maltrato. Esto suele generar importantes problemas en la relación. En un sentido, puede que ese otro esté dispuesto a jugar ese rol que le asignamos, que tenga vocación de redentor y se sienta feliz con ser crucificado. El problema es que no es una auténtica felicidad, sino un cierto disfrute de desempeñar el papel de héroe que, más tarde o más temprano, terminará volviéndose una carga insoportable para quien opere desde ese lugar. Ese será el punto en que querrá bajarse de la cruz, mientras nosotros seguimos pretendiendo que, desde el madero, nos regale más y más milagros. En otro sentido, puede que el otro no quiera ocupar ese rol, y sólo se trata de que nosotros persistamos en asignárselo. En ese caso, estaremos erigiendo un vínculo inventado, sin sustento real pues falta el consentimiento del otro para llevar adelante la pieza teatral que hemos diseñado.
Como ocurre con el conejo, a ese incondicional que tomamos como nuestro soporte lo terminamos haciendo objeto de todas nuestras frustraciones, y descargando en él las insatisfacciones que no sabemos descargar con la persona o situación con la que sería más saludable hacerlo. Al respecto, es aplicable lo que señala Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”: "Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo". Podemos reemplazar el enfado por cualquier otra emoción, y será igual de válido, pues a toda emoción podemos manifestarla adecuada o inadecuadamente.
Quizás con ese incondicional nos comuniquemos, pero también es muy probable que simplemente lo usemos como excusa para, a través suyo, desarrollar monólogos interminables con nosotros mismos. Con lo cual retornamos al principio, porque la calidad y el tono de esos monólogos en mucho estará dado por nuestras interpretaciones acerca de la realidad. Así, según cual sea nuestro punto de partida pero también el horizonte que nos planteemos como posible, al monologar podemos alcanzar mayores niveles de profundidad respecto a nuestro propio ser, pero también, y más a menudo es lo que suele suceder, podemos mantenernos en la superficie de los círculos viciosos de negatividad con los que acostumbramos torturarnos una y otra vez. De este modo, reiterar el monólogo nos cierra a la perspectiva liberadora que puede aportarnos el auténtico diálogo con otro, pues en vez de enriquecernos con la mirada diferente, concluimos asfixiándonos con el aire viciado de la burbuja que construimos y en la que nos encerramos.
Nuestra vida emocional, y las relaciones que entablamos, comenzando por la originaria que es con nosotros mismos, representan un enorme campo de oportunidades para manifestar quienes somos. Si ni siquiera nos damos cuenta del lugar desde el cuál nos estamos manifestando, observar esas relaciones puede ser un excelente medio para adquirir conciencia. Hacernos conscientes puede representar una tarea titánica al principio, pero es un esfuerzo que vale la pena sostener, pues los frutos que produzcamos al arribar a la madurez emocional serán de una naturaleza muy diferente a los que generamos cuando nos conducimos en automático, reaccionando ante los efectos sin asumir nuestra posición de causa.

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2 comentarios:

  1. HOLA PABLO QUE TEMA ESTE DE LOS SILENCIOS DE LO QUE DECIMOS Y NO DECIMOS DE LAS MASCARAS QUE NOS PONEMOS PARA ENFRENTAR EL MUNDO Y PENSAR QUE SON TAN BELLAS LAS PALABRAS, QUE ES TAN LINDO COMUNICARNOS CON LOS SENTIMIENTOS Y ES VERDAD A VECES VOLCAMOS SENTIMIENTOS DAÑINOS A PERSONAS QUE NOS SON LAS DESTINATARIAS DE LOS MISMOS. YO AMO LAS PALABRAS NO LES TENGO MIEDO, NUNCA LES TUVE MIEDO PERO A VECES ME LLEVO A QUE QUIEN LAS RECIBIA NO QUERIA ESCUCHARLAS MAS ALLA DE ESO SIGO TENIENDO EL MISMO AMOR POR LA COMUNICACION Y ESO NO VA A CAMBIAR EN MI POR ESO LEO MUCHO Y ESCRIBO Y TENGO UN BLOG COMO VOS, PARA COMUNICAR COSAS Y EN LO POSIBLE QUE SEAN BELLAS, POSITIVAS Y AYUDEN A LOS DEMAS.
    QUIERO COMPARTIR UN VERSO DE MARIO BENEDETTI QUE SE LLAMA MASCARAS ES HERMOSO Y TIENE MUCHO QUE VER CON LO QUE PRETENDEMOS SER O NO SER FRENTE A LA MIRADA DEL OTRO.
    No me gustan las máscaras exóticas
    Ni siquiera me gustan las más caras
    Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas
    Ni las amordazadas ni las escandalosas.
    No me gustan ni nunca me gustaron
    Ni las del carnaval ni la de los tribunos.
    Ni las de la verbena ni las del santoral.
    Ni las de la apariencia ni las de la retórica.
    Me gusta la indefensa gente que da la cara
    Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera
    Y llora con su pobre cansancio imaginario
    Y mira con sus ojos de coraje o de miedo.
    Me gustan los que sueñan sin careta
    Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
    Y si en la noche miran/ miran con todo el cuerpo
    Y cuando besan/besan con sus labios de siempre.
    Las máscaras no sirven como segundo rostro
    No sudan/no se azoran/jamás se ruborizan
    Sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo
    Y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido
    ¿quién puede enamorarse de una faz delegada?
    No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia
    Las máscaras alegres no curan la tristeza
    No me gustan las máscaras, he dicho.

    NAMASTE Y CARIÑOS PARA TODOS

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  2. Hola Sonia! Muchas gracias por tu precioso comentario. Sí, no sólo conozco tu blog "La brújula sagrada", sino que soy tu seguidor :D, es muy bonito y profundo. Es bellísimo el poema de Benedetti que compartes, y muy real. Y concuerdo totalmente con tus palabras. Somos nosotros quienes elegimos como utilizarlas, y podemos hacerlo como armas o como puentes. Claro que también está el otro lado de la comunicación, que tendrá su propia interpretación para completar el sentido, aunque si satisfacemos nuestra responsabilidad de ser claros, ya eso corre por cuenta del otro. Muchas gracias otra vez y un enorme abrazo, Sonia! Pablo

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