viernes, 16 de septiembre de 2011

Un pequeño cuento de Alan WATTS


(En “El futuro del éxtasis”)
Érase una vez un pez que vivía en el gran océano, y puesto que el agua era transparente y se apartaba siempre convenientemente de su nariz cuando él se desplazaba, ignoraba el hecho de que habitaba en el océano.
Bien: un día, el pez hizo una cosa muy peligrosa, a saber: comenzó a pensar "Sin duda, soy una entidad notable, pues puedo desplazarme por el espacio vacío".
El pez acabó por confundirse con tanto pensar sobre el moverse y el nadar, y de pronto cayó en un ansioso paroxismo: había olvidado el arte de nadar.
En aquel momento, miró hacia abajo y contempló el abismo oceánico, reparando en la terrorífica posibilidad de precipitarse.
Luego reflexionó: "Si pudiera morderme la cola, lograría mantenerme".
Así fue como el pez se mordió la cola, doblando la espina dorsal. Lamentablemente, esta no era demasiado flexible, por lo que no pudo mantenerse en esa posición.
Mientras el pez pugnaba por cogerse la cola, el negro abismo se tornaba más y más horrible, hasta que el pobre animal cayó en una profunda crisis nerviosa.
El pez de nuestra historia estaba a punto de abandonar cuando el océano, que le había estado observando con una mezcla de piedad y diversión, le dijo:
- ¿Qué estás haciendo?
- Oh –respondió el pez- tengo miedo de caer en el profundo y negro abismo y procuro morderme la cola para sostenerme.
- Bien -replicó el océano- pues ya llevas un buen rato intentándolo, y sin embargo, no has caído. ¿Cómo es eso?
- Oh, ¡es verdad!, todavía no he caído- repuso el pez-, porque estoy nadando.
- Oye -replicó el océano-. Yo soy el Gran Océano, donde vives y te mueves y puedes ser un pez, y he puesto todo de mi parte para que nadaras, y te sostengo mientras lo haces. Pero tú, en lugar de explorar la profundidad, la altura y las vastedades de mi seno, malgastas tu tiempo persiguiéndote la cola.
Desde entonces, el pez dejó la cola en su lugar (es decir, atrás), y se dedicó a explorar el océano.
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A menudo nos ocurre como al pez del relato: en vez de simplemente hacer lo que nos resulta natural, lo que nos genera sensaciones de serenidad y paz, nos planteamos lo que creemos que deberíamos hacer para llegar adonde queremos ir, y comenzamos a luchar para lograrlo.
No disfrutamos del proceso, y es muy probable que no logremos lo que nos propusimos. O que, si lo logramos, no experimentemos paz ni felicidad.
Quizás a veces sintamos inseguridad acerca de lo que realmente queremos, en otras ocasiones temeremos acerca de los pasos que nos conviene dar, y a menudo simplemente dudaremos de nuestra capacidad de llegar al objetivo. De cualquier modo, abrimos las puertas al miedo.
Cuando abrimos las puertas al miedo, o bien vemos a las amenazas como desproporcionadas, o a nuestros recursos para hacerles frente como minúsculos. Sentimos que estamos inmersos en una batalla, y que vamos perdiendo.
Es entonces cuando, con nuestra atención centrada en lo que experimentamos como amenazador, como indeseable, comenzamos a buscar “armas” que nos permitan torcer el rumbo que creemos adverso. Si nuestra atención está en lo que nos amenaza, y nuestras creencias en nuestra falta de poder, es obvio que lo que nos queda por hacer es renunciar o luchar casi desesperadamente. En uno u otro caso, el final no es “feliz”.
Y, sin embargo, así como el pez del cuento contaba en su naturaleza con las facultades necesarias para nadar, nosotros también disponemos de una naturaleza básica en la que se halla la capacidad de elegir: elegir dónde enfocamos nuestra atención; elegir qué creemos; elegir qué experimentamos para, más allá de la creencia, arribar al auténtico saber; elegir cargar de sentido a nuestra vida, y alinear con él a nuestras metas y objetivos, para no vivir persiguiendo aquello que aún obteniéndolo no nos aporta nada positivo; elegir centrarnos en la temporalidad presente, rehusando la tentación de inmovilizarnos en el pasado o diluirnos en el futuro; elegir darnos cuenta de todo aquello que repetimos de manera inconsciente, para poder decidir distinto y romper círculos viciosos; elegir reconocer nuestro poder y dejar de echar culpas a los demás o a las circunstancias; elegir ser conscientes de que la armonía entre lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos nos conduce de manera más coherente que cuando en esos cuatro niveles “empujamos” en direcciones diferentes, incluso opuestas.
Cuando podemos ir concretando todas y cada una de esas elecciones, podemos arribar al punto en que estamos ante la posibilidad de una nueva y gran elección, que es resistirnos o aceptar. La aceptación, la rendición (que no es renuncia), implica confiar en que hemos realizado las elecciones previas de un modo en que hemos estado presentes en ellas con todo nuestro Ser, que manifestamos nuestro Ser en lo que estamos expresando, y que llegados a este preciso punto, no necesitamos forzar nada, pues desde que estamos por completo comprometidos en nuestro obrar, no necesitamos “obsesionarnos” con un determinado resultado, sino dejarnos fluir en la corriente de la vida seguros de que resultará lo mejor.
Nosotros también, como el pez del cuento, contamos con un océano que nos sostiene, nos demos cuenta o no de ello. Sólo necesitamos relajarnos y confiar para disfrutar su presencia.

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3 comentarios:

  1. Gracias Pablo, una bonita historia para recordarnos la grandeza de nuestro ser y como somos cuidados

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  2. Gracias!!! Elegir y saber elegir por bien de nosotros mismos y de quien nos rodea, pues deberiamos ser seres con plena paz espiritual.

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